DENTRO DEL BOTIJO, LA LIBERTAD

Ubicado en algún punto entre Santaliestra y San Quílez en la
comarca oscense del Alto Ribagorza, Aguilar tuvo 148 vecinos en 1940 y
descendió a dos en el 2001.
Quince años después, totalmente deshabitado, las piedras
caídas de las casas de antaño flotan en la montaña como la dentadura postiza de
un muerto olvidado en el vaso de agua de la eternidad.
Las dentaduras sin dueño y los pueblos vacíos, se parecen.
Ambos rosigan el tiempo y esperan una risa que jamás
volverá.
Mi pueblo turolense, a unos cuantos quilómetros de su
hermano norteño, se apellida del Alfambra y también se llama Aguilar.
Y como él tenía 148 vecinos hace algún invierno.
Hoy quedan veinte almas y no sé qué pensar.
No pienso.
Pero a veces lloro recorriendo sus calles, eras y majadas.
Rellenando sudokus de pasado con la memoria y su vértigo.
Sus dientes blancos, anclados en la loma, anticipan caries
de ardua soledad.
Yo miro distraído la voz del campanario y reescribo la plaza
donde aprendí a besar y sostengo un silencio que otrora fue cubata mientras la
orquesta toca un limpio cha cha cha.
Me duele su mañana más que mi presente porque estando vivo
no lo quiero ver flotar.
Postizo o real, Aguilar del Alfambra masca la memoria con
pasión diligente y aunque yo no lo vea, ha de aletear.
Siempre habrá un recuerdo que rescate  la prótesis de su triste deriva centenaria,
un temblor que siembre mi pueblo en sus cascajos cuando grazne el erial.
Y una palabra loca saciará en la fuente los pasos perdidos
del último habitante campesino, dará luz al botijo, mirará a la ciudad.
Y caerá otro día sobre el tiempo diluido.
Dentro del botijo, la libertad.
Dani Izquierdo (Aguilar del Alfambra)
Nota: Carmen, tataranieta del pueblo oscense de Aguilar, me cuenta que su tatarabuelo, secuestrado por una demencia inexorable, traspasó la vida susurrando la última frase de éste mi texto: «Dentro del botijo, la libertad.» No sabía si era pertinente comentármelo. Yo ignoraba si era oportuno publicarlo en la intimidad de este muro plenamente abierto. Carmen no solo me dio permiso, me pidió que lo hiciera por rendirle homenaje a su «tatarayayo» cestero.
Ese y no otro es el último valor de la palabra: con las hebras de la experiencia humana, tejer cestas de vida entre los vivos y los muertos.