ALGUNAS VECES

El 21 de marzo comienza la primavera en nuestro hemisferio. La primavera es una estación anual vinculada con el renacer de la vida pero también con los sentimientos e, indirectamente, con la poesía
Hace casi cinco años, Diago Colás escribió «Algunas veces«. Un poema dedicado a los álamos negros trasmochos en el marco de la celebración de la V Fiesta del Chopo Cabecero, celebrada en el valle del río Pancrudo, en Lechago y Cuencabuena.
Hoy día 21 de marzo queremos celebrar el Día Internacional de la Poesía -y también el Día Internacional de los Bosques– trayendo a nuestro blog aquellos versos y acompañándolos con tres fotografías de Chusé Lois Hernando.
Algunas veces, si los aromas son propicios,
las otoñales lágrimas de los árboles gigantes
invaden la mirada amarilla de los rastrojos
y relatan su historia.
Entonces las casas recuerdan de qué prenda
se vistieron sus alturas para culminar su techumbre.
Entonces el hierro de las estufas emite un silábico
ronroneo y concreta en qué nutritivo fuego
se calentaron sus moradores.

Llegó acto seguido la noche de la industria,
ese paquidermo inamovible que se llevó los pueblos
y también la anciana forma de armar las techumbres,
al hierro que ronronea quedo en las estufas
y el modo de cortar el cabello a los árboles
gigantes.
Algunas veces, tan sólo algunas, si la tierra
recién labrada y humeante no se resigna a su
abandono
y los nietos convocan los usos de los abuelos,
las foliares lágrimas invaden el amarillo de los
rastrojos
y relatan su historia.
Los árboles gigantes se perpetúan furos
aún a pesar de la soledad viscosa del olvido.
Su manto protector se extiende a los coleópteros
y alimenta sus élitros con el maná de sus adentros.
El amanecer de la escamonda irrumpe en la noche
de la industria y les corresponde aguardar calmos
el despertar, por fin, de las yemas tiernas.
Se renuevan así los lazos neolíticos y el ancestral
compromiso de las sociedades con su paisaje.
Se formalizan las nuevas y esperanzadoras uniones
y se derrocaron los exilios y pone fin a los
destierros.

Algunas veces, si los aromas son propicios,
las otoñales lágrimas de los árboles gigantes
sirven de fértil sustento a las sociedades
y relatan su historia.