UN PAJAR DE ABABUJ. UNA CLASE DE GEOLOGÍA

Recorríamos el precioso sendero que discurre entre Jorcas y Aguilar del Alfambra cuando nos acercamos al meandro que este río traza junto al molino de Ababuj. Nos acercamos y saludamos a una señora que nos mostró su hermoso jardín, donde crecían las largas varas de malva, y su corral en el que andaban una veintena larga de inquietas gallinas. Eduardo quiso fotografiar un ganado de ovejas que pastaba en un rastrojo de la vega y remontamos el escarpe rocoso llegando hasta la gran planicie que se extiende por el Prado del Pleito y Los Salobrales, hasta el cauce del río Seco a su paso por el Barranco de La Hoz, al pie del pueblo de Ababuj.
Allí estaba el pajar.
Con su puerta en alto, a la altura de la era. Y su abigarrado muro de piedra multicolor. Ahí puse la atención.
Predominaban los trozos de caliza de color gris claro y grano finísimo. Los geólogos les llaman micritas. Tenían caras aplanadas. Las fracturas (diaclasas) y los planos de estratificación formarían ángulos de 90º y, al ser estratos de espesor centimétrico, fueron abriéndose en trozos que recordaban a los sillares. Pero no lo eran.
No encontramos rocas así en el entorno inmediato del molino. Eran muy parecidas a las que afloran en el barranco de la Hoz, cerca del pueblo de Ababuj. En ese caso serían calizas del Jurásico Superior, que por allí aparecen en estratos muy inclinados y que forman parte de un anticlinal kilométrico que se extiende desde Cedrillas. 
No eran los únicos materiales carbonatados. Otras piedras, estas de tonos más amarillentos, estaban formadas por trozos de caparazones de ostras y otros bivalvos …
… acompañados por finos limos calcáreos de tonos ocres y, todo ello, cementado por carbonato cálcico. A estas calizas ricas en conchas se las llama lumaquelas. Estas parecían proceder de los afloramientos del Cretácico Inferior de Cabezo Sancho, cerca del límite de término con Aguilar.
Otras piedras, de tonos igualmente amarillentos, tenían pequeños granos arenosos y un copioso cemento calcáreo. Eran calcarenitas. Rocas sedimentarias intermedias entre las detríticas (arenas) y las de precipitación carbonatada.
Estas rocas acompañan a las citadas lumaquelas y corresponden a sedimentos del Cretácico Inferior producidos en ambientes litorales de escasa profundidad.
En el muro del pajar eran comunes los fragmentos de areniscas. Unas areniscas de granos gruesos y, aunque bien cementados, mucho más sueltos que los de la calcarenita. Estas rocas las habíamos visto al remontar el escarpe. Son rocas depositadas mucho tiempo después que aquellas. Durante el final del Terciario, en concreto entre el Mioceno y el Plioceno, formándose a partir de los sedimentos transportados desde la sierra del Pobo y desde el macizo de Gúdar.

También eran comunes los trozos de conglomerados. Eran más irregulares. Estaban compuestos por cantos de tamaño centimétrico, de borde suave pero de formas irregulares lo que evidencia una rodadura escasa y una distancia corta de desplazamiento. Predominaban los clastos calizos, pero también los había de areniscas, y una matriz de arenas bastante bien cementadas.

De hecho, estos materiales afloraban en las inmediaciones del pajar. El escarpe de la llanada que se extiende desde La Hoz hasta el cauce del río Alfambra está formado por estos materiales detríticos. Pueden verse ampliamente tapizados por los líquenes rupícolas que los colonizan.  

Pero aún pudimos encontrar más tipos de rocas. Transformadas, eso sí. Arcillas amasadas como barro y dispuestas sobre las tablas clavadas en las vigas. Y arcillas cocidas y moldeadas como tejas.

La arquitectura tradicional ha utilizado siempre que ha podido los materiales de su entorno. La observación de los mismos y la consulta de los mapas geológicos ofrecen la oportunidad de conocer las rocas que afloran en un territorio.

Y es que la pared de un pajar … ¡tiene mucho que contar!

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