BLANCA PRIMAVERA

DE ALGUNAS MATAS QUE HACEN PAISAJE

Aunque no son frecuentes, las nevadas de marzo o incluso abril pueden cubrir de blanco los montes y los campos del Alto Alfambra. En estas fechas, como las temperaturas superan los 0ºC durante la mayor parte del día, la nieve se acaba fundiendo en poco tiempo. Se crean unos paisajes blancos tan espectaculares como efímeros.

Sin embargo, desde finales de abril a finales de mayo, cuando la primavera se instala en estas sierras, comienza la floración de unos arbustos y árboles de flores blancas que, por ser tan abundantes y por producir tantas flores, llegan a pintar de blanco los campos y los montes. Y hacen paisaje.

Son paisajes que duran tan solo unas semanas. Semanas en las que, como en los más cuidados jardines, se sucede la floración de las diversas especies de árboles y arbustos. Unos y otros contribuyen a los cambios estacionales que se producen en el paisaje en el ciclo anual. Esos cambios que tanto nos fascinan a las personas.

Unas veces estas pinceladas blancas contrastan con el gris de la piedra caliza que asoma en los peñascos o que forma las paredes de las cerradas. En otros casos, resaltan sobre el pardo de unos rastrojos que, en unas horas y tras el paso del aladro, virarán al morado que ofrecen las desnudas arcillas desnudas del bancal recién labrado. En los sembrados y en los fondos de valle, el blanco de las flores destaca entre el verde de trigos y cebadas o con el de las jóvenes hojas de los propios árboles multiplicando su belleza.

En los cinglos, pedregales y matorrales expuestos al viento, en terrenos pedregosos y de escaso suelo, prosperan unas matas almohadilladas y de tallos cortos, muy ramificados y espinosos al endurecerse, que terminan en unos racimos de flores, cada cual con cuatro pequeños pétalos blancos.

Es una mata que pertenece a la familia de las Brasicáceas, antes conocidas como Crucíferas, denominación debida a la disposición en cruz de sus cuatro pétalos. Este pequeño arbusto, en algunas zonas, recibe el nombre de aliagueta por su aspecto espinoso, al que también alude su nombre específico (Hormathophylla spinosa).

El blanco níveo de la aliagueta contrasta con el blanco rosado del tomillo y el verde de las hojas de las herbáceas acompañantes

Buena parte de las brasicáceas son plantas de día corto. Es decir, prefieren crecer al principio de la primavera cuando el número de horas de luz es creciente pero no es el máximo (solsticio estival). Por ello, en las montañas del Alto Alfambra estas espectaculares almohadillas blancas ya cubren las peñas a primeros de mayo.

En las laderas rocosas, en las pedrizas y en las grietas del peñasco, pero también en los claros y los bordes de los bosques, crece un arbusto caducifolio que fácilmente supera los dos metros de altura, que tiene tallos rectos y flexibles, pequeñas hojas redondeadas y unas flores de alargados y blancos pétalos, agrupadas en racimos.

Se trata de la villomera o guillomera (Amelanchier ovalis), una planta de la familia de las Rosáceas. Durante el verano produce unos frutos globosos, de color azul negruzco, que mantiene en su extremo una corona formada por los restos del cáliz -conocidas en la zona como villomas- que son apreciadas por su sabor dulce.

El blanco de la flor de la villomera es blanco nuclear, como el que anuncian algunos detergentes en su publicidad. Es un blanco que se desparrama por las ramas altas del arbusto …

… y que enmascara al verde de las hojas recién formadas.

En las lomas y en los rasos crecen pegadas al terreno unas pequeñas matas de hojas aromáticas, como el tomillo (Thymus vulgaris), la pedregüela (Thymus godayanus) y la jadrea (Satureja intricata). Pertenecen a la familia de las Lamiáceas (antes Labiadas, por la forma de su corola). Las dos primeras florecen con la primavera bien entrada, la jadrea, en cambio, ya en pleno verano. Todas ellas son muy comunes y producen multitud de flores pero son tan pequeñas que casi no influyen en el paisaje.

En pastizales y matorrales abiertos, casi siempre sobre terrenos calizos y secos, prospera una mata de tallos erectos y leñosos que fácilmente alcanza el medio metro de altura.

Es un lino (Linum suffruticosum) de llamativos y grandes pétalos blancos que llenan de color, junto a al amarillo de las coronillas, las lomas y los descarnados prados mientras el viento los cimbrea.

En los márgenes de los bosques y, sobre todo, en los ribazos de los campos, siempre sobre suelos profundos, crece otro arbusto caducifolio de apretadas y espinosas ramas que llegan a formar impenetrables marañas. Es el endrino (Prunus spinosa).

Su corteza es gris y recuerda mucho a la del ciruelo, planta con la que comparte numerosos rasgos como el florecer antes de producir la hoja, el aspecto de esta y la similitud de sus frutos …

Las flores aparecen aisladas, pero son tan numerosas que cubren la mata -y todo el ribazo- de color un blanco puro que se va perdiendo conforme se marchitan y caen los pétalos, al tiempo que se muestran estambres y carpelos.

En las montañas del sur de Aragón florece preferentemente en abril. Ofrece entonces su néctar a multitud de insectos que participan en su polinización.

Su floración precoz en algunos inviernos lo hace vulnerable a las heladas tardías por lo que la producción de frutos (endrinas) es bastante incierta escapándose los que están guardados en algún reser.

Unas semanas más tarde que el endrino, a finales de mayo o a primeros de junio, comienza la floración de un espino que, igualmente, es característico del Alto Alfambra. Aún lo es más. Estamos hablando de la vizcodera, conocido en los libros como espino blanco (Crataegus monogyna) como es fácil comprender.

Es un arbolillo que puede encontrarse en los márgenes y claros del bosque, en las riberas, al pie de los peñascos y, sobre todo, formando setos en los ribazos de los campos y de los prados.

Las flores no tienen más de un centímetro de diámetro pero se agrupan en tal número formando ramilletes que cubren completamente las ramas del espino desde el suelo hasta las ramas más altas.

Es todo un espectáculo de la naturaleza. Uno de los momentos del año de mayor belleza de los campos y bosques del Alto Alfambra.

El blanco níveo contrasta, en este caso, con el verde intenso de las jóvenes hojas. O con el verdor del prado o del cereal del cercano bancal.

En estos terrenos algo sombreados y de suelos profundos prospera la zarza galabardera o escaramujo (Rosa canina) …

y el aligustre (Ligustrum vulgare) …

Uno y otro también tienen flores de color blanco pero casi no destacan entre el verde del exuberante follaje.

Todos estos arbustos espinosos formaban cercados vivos en los frescos prados de los fondos del valle. El ganado, especialmente el vacuno, controlaba su expansión hacia el bancal mediante su regular ramoneo. Ofrecían también un suministro de leña para los hogares, sobre todo las cargas que debía aportar cada cual para alimentar el horno de pan.

Tras su corta, las raíces rebrotaban con intensidad y el espino se recuperaba aprovechando la fertilidad del suelo y la abundancia de luz. Casi todos estos arbustos producen unos frutos que son consumidos por las aves a lo largo de la estación desfavorable facilitando su dispersión. Es por ello que son comunes en bancales abandonados por formar parte de los arbustos de las etapas pioneras de la recuperación del bosque.

Estos espinares densos son el hábitat a una riquísima comunidad de aves que aprovechan la abundancia de alimento y la protección de su impenetrable ramaje. Zarceros comunes, mosquiteros papialbos, escribanos soteños, carboneros comunes, currucas mosquiteras, petirrojos, currucas zarceras, alcaudones comunes, chochines, mosquiteros comunes, currucas capirotadas, torcecuellos europeos, escribanos montesinos …. ofrecen sinfonías cada mañana de primavera.

En algunas zonas del Alto Alfambra, estos setos arbolados recuerdan a las sebes leonesas o a los prados de siega pirenaicos. Un paisaje muy común en la Europa atlántica: el bocage. Un mosaico de pequeñas parcelas conectadas por líneas de árboles y arbustos.

En los ribazos de los campos, donde interfieren menos con la cabina del tractor, aún quedan algunos de los frutales que abastecieron de manzanas, perales y ciruelas a los hogares hace décadas. Algunos permanecen en medio de los bancales en una expresión de aprecio por el árbol por el propietario.

Los manzaneros (Malus domestica) aún son comunes.

como los perales (Pyrus communis)…

Los cirueleros (Prunus domestica) …

… se asilvestran con facilidad formando espinares cerrados en los rincones de los bancales.

Por último, también hay plantas que crecen espontáneas en los campos de cultivo que pueden llegar a destacar en el paisaje. Una es la rabaniza blanca (Diplotaxis erucoides).

Esta herbácea es propia de los terrenos removidos, como las campos de cultivo, de zonas con altitudes comprendidas entre los 90 y los 1.250 m. Testimonios de agricultores que antaño no era una planta conocida y que se está haciendo abundante en los últimos años. Es posible que el calentamiento climático, que también llega a estas montañas, esté propiciando su colonización.

El color verde está cubriendo los campos, montes y riberas en pocas semanas. Mientras tanto una explosión de color blanco no recuerda otro matiz de la primavera. ¡A disfrutarla!