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DESCUBRIR LA RUTA ETNOBOTÁNICA DE ALLEPUZ

LA INTERPRETACIÓN DEL PAISAJE DESDE LA CULTURA POPULAR Y LOS CAMBIOS ECOLÓGICOS

En el sur de la cordillera Ibérica. Unas montañas que alcanzan o frisan los 2.000 metros se levantan sobre un próximo mar Mediterráneo. Es la sierra de Gúdar. Un macizo en el que nacen ríos como el Guadalope, el Mijares y el Alfambra. Un territorio de alta montaña mediterránea. Un clima de largos y fríos inviernos, y de cortos y frescos veranos. Y de escasas e irregulares precipitaciones. Un medio difícil para la supervivencia, tanto de las plantas como de las personas. Un medio exigente en soluciones para solventar los problemas que plantea.

En estas montañas la interacción entre los humanos y las plantas silvestres ha sido muy intensa y muy prolongada en el tiempo. Los primeros han encontrado en estas últimas el alimento (el propio y el de sus ganados), el material para la construcción de sus edificios, la energía con la que calentar sus hogares y alimentar sus pequeñas industrias, la materia para confeccionar los mil enseres necesarios en la vida cotidiana …

el medicamento para conservar o recuperar la salud o el entretenimiento de los niños …

Esta acción humana ha ido modificando la estructura y la composición de la cubierta vegetal. Han desaparecido aquellas especies propias de los bosques maduros y se han beneficiado aquellas propias de las etapas pioneras de la sucesión ecológica. Se ha creado, tras esta interacción, un paisaje propio. El escenario vital de generaciones y generaciones de personas.

Esta relación entre las personas y las plantas ha cristalizado en un conocimiento conseguido a partir de la experiencia y acumulado en la memoria colectiva de la comunidad. Este saber hacer es un patrimonio cultural inmaterial. Es un valioso y vulnerable tesoro, pues la memoria, si no se registra, se pierde cuando se marchan las personas.

Por eso el Parque Cultural del Chopo Cabecero del Alto Alfambra hizo suyo el proyecto de la Ruta Etnobotánica “Reverendo Bernardo Zapater” que le presentó el Ayuntamiento de Allepuz. Un proyecto elaborado por Alejandro J. Pérez Cueva, vecino de esta localidad y catedrático de Geografía Física en la Universidad de Valencia, a partir del saber popular recogido durante años.

La Ruta Etnobotánica de Allepuz es un sencillo recorrido por la Umbría de la Dehesa. A lo largo del itinerario una serie de paneles ofrece al excursionista una completa información sobre los usos populares de las plantas. Pero también sobre su ecología, tanto en las relaciones entre el medio y estos seres vivos, como sobre los procesos dinámicos que operan al cambiar las relaciones entre especies, en especial al reducirse la presión humana. Es un laboratorio al aire libre y, al mismo tiempo, es un jardín botánico que permite reconocer los árboles y arbustos autóctonos más comunes en estas montañas. Todo ello situado en un paraje de una gran belleza, como es el valle del río Sollavientos a su paso por Allepuz.

Se trata de un itinerario circular de unos 3,5 km que parte del Lavador de Allepuz, desciende y cruza el río, para remontar la Umbría hasta alcanzar el cinglo superior y la Masía de la Dehesa, volviendo finalmente al río,  mientras se rodea al barranco del mismo nombre. También puede realizarse, si se desea, una variante lineal, más corta (poco más de 2 km, ida y vuelta), hasta el Corral de Dominga.

Esta ruta temática arranca en el lavadero de Allepuz, situado en el barrio del Arrabal. Este lavadero permite, a un tiempo, la oportunidad para aprender geología, ingeniería y geografía.

Forma parte de un complejo sistema de regadío que se abastece de agua de la fuente de los Berros y del río Sollavientos, captada en un azud, y conducida mediante acequias y acueductos. En su momento llegó a alimentar un batán, el propio lavadero, dos molinos harineros y a producir electricidad, además de regar huertos.

La clave de todo el sistema descansa en la fuente de los Berros, manantial situado muy cerca del cauce del río. Bueno, en realidad lo hace en el extenso afloramiento de rocas permeables que se produce en la cabecera del valle de Sollavientos, donde se recarga el acuífero que descarga en esta fuente. Esto explica la importancia y regularidad de su caudal, incluso durante largos periodos de sequía.

La fuente se encuentra en el contacto entre las permeables calizas que forman el profundo barranco y las impermeables margas grises sobre las que aquellas descansan. El lavadero tiene una gran singularidad en relación a otros presentes en el sur de Aragón pues es del tipo de acequia cubierta. Esta tipología requiere un suministro abundante y regular de caudal, lo que se consigue por el aporte de la fuente de los Berros.

El camino desciende hacia el río entre muros de piedra de pequeños huertos. A mano derecha, puede observarse el cárcavo del antiguo molino del Lavador.

Estos  espacios, tan transitados habitualmente por personas y ganados, suelen ser apropiados para las plantas ruderales, las propias de suelos enriquecidos en nitrógeno. Algunas, como el asensio (Artemisa absinthium) o el marrubio (Marrubium vulgare) son tolerantes a la sequedad. Otras, como la ortiga (Urtica dioica) o el sabuquero (Sambucus nigra) son propias de suelos húmedos. Unas y otras cubren los huertos tras su abandono.

Aquellos hortales que no están cerrados por muros de piedra suelen presentar setos formados por arbustos. Algunos son espinosos, como la vizcodera (Crataegus monogyna), la galabadera (Rosa canina) y el endrino (Prunus spinosa). Otros no, como el aligustre (Ligustrum vulgare) o el cornejo (Cornus sanguinea). Unos y otros pierden la hoja anualmente, lo que les exige crecer sobre suelos con una cierta humedad. Estas matas son propias de las orlas y los claros de los bosques maduros. En el Alto Alfambra son comunes en los linderos de los campos siendo utilizados por los agricultores para evitar el acceso (o la salida) del ganado. Sus frutos son la base alimenticia de currucas, petirrojos y zorzales, pájaros que realizan una migración de corto alcance desde los bosques y campiñas del centro y norte de Europa hasta los países mediterráneos, donde pasan la invernada.  

Mientras tanto, la ruta alcanza la ribera del río Sollavientos. Una magnífica arboleda de chopos cabeceros conforma el soto fluvial. Estos álamos negros (Populus nigra) han sido gestionados desde hace décadas, tal vez más de un siglo, mediante el desmoche. Escamondados en turnos de doce años, proporcionaban los fustes necesarios en la construcción de viviendas, graneros y majadas, especialmente tras periodos de intensa deforestación como fueron los siglos XIX y XX. El rebrote producido en el extremo de la cabeza quedaba lejos del acceso de las vacas y ovejas que pastaban en los cercanos prados. Estos árboles, además de crecer en las orillas de ríos y arroyos, también se encuentran en las acequias (sujetando sus márgenes y aprovechando el agua infiltrada) y cerca de manantiales (contribuyendo así al cultivo de los terrenos cercanos, al drenarlos). Los chopos cabeceros forman parte del paisaje tradicional del Alto Alfambra, territorio que alberga una de las mayores concentraciones de Europa, lo que le confiere una gran singularidad, al punto de ser el argumento clave, junto con los hermosos páramos de origen ganadero, del recién declarado Parque Cultural.

El río Sollavientos sufre periódicas e intensas crecidas. Por ello, la vegetación de ribera es rica en sargas (Salix eleagnos, S. atrocinerea y S. purpurea), arbustos dotados de una flexibilidad en su ramaje que les permite sobrellevar la violencia del agua. Las ramillas arrancadas durante las avenidas arraigan fácilmente al quedar enterradas en las húmedas gravas. Tradicionalmente, han sido aprovechadas para atar fajos, formar el relleno de los caballones de los tejados, y fabricar cestos y otros muchos enseres. El sauce (Salix alba), manejado también como trasmocho, ofrecía además leña a partir de sus ramas gruesas y mimbres de las jóvenes.

La Ruta Etnobotánica cruza el río muy cerca de la desembocadura del barranco de la Dehesa. Toma una senda que baja por la derecha y que también sigue un sendero local. Remonta la Umbría entre unos bancales que fueron abandonados sobre 1970 y que ahora colonizan pequeñas matas, como la aliaga o el tomillo, y herbáceas vivaces. En los ribazos, las villomeras (Amelanchier ovalis), avellanos (Corylus avellana), mentironeras (Viburnum lantana), agrillos (Berberis vulgaris) y aceres (Acer monspessulanum) que han prosperado, al reducirse el pastoreo y la corta para leñas.

El sendero continúa ascendiendo. Ahora a través de unos bancales que, al estar más altos y más lejos del pueblo, dejaron de ser cultivados anteriormente, sobre 1960. Puede compararse el avance en la recuperación de la cubierta vegetal entre estos dos grupos de parcelas. En estas últimas, el desarrollo vertical y lateral de los arbustos de los ribazos es muy superior, mientras que las propias parcelas ya han sido colonizadas por un espinar, que ya resulta impenetrable. El mayor sombreado ha favorecido la entrada de especies propias de ambientes forestales, como la prímula (Primula veris), el sello de Salomón (Polygonatum odoratum) o la gayuba (Arctostaphyllos uva-ursi), que tapiza de verde el sotobosque. En otoño, la retirada de la clorofila en las hojas visibiliza a otros pigmentos (carotenos y xantofilas), que estaban presentes previamente y que le confieren tanto al follaje como al paisaje unos colores amarillos, anaranjados o violáceos. Un espectáculo que merece la pena disfrutar.

La Ruta llega a un desvío. Si se continúa recto se accede al Corral de Dominga, donde puede terminarse este recorrido y desandar el camino hasta el pueblo. Si se toma el desvío a la derecha, la senda continúa remontando hasta alcanzar unas crestas calizas: es el cinglo de la Dehesa. La planicie rocosa se asoma al valle formando una cornisa. Es el ambiente apropiado para el erizo (Erinacea anthyllis), planta de porte almohadillado y de tallos largos y espinosos, bien adaptada a los suelos pedregosos y al efecto desecante del viento. Su floración cubre de violeta el verde intenso de estas hemisféricas matas que tapizan los peñascos.

Un amplio páramo se extiende hacia el sur. Es un paisaje en el que predomina el prado corto de gramíneas y de otras hierbas, aprovechado durante siglos por los rebaños de ovejas. Son comunes las plantas aromáticas, algunas como la jadrea (Satureja montana) de un gran interés para los colmeneros durante su floración estival. El enebro y la chaparra (Juniperus communis y J. sabina) salpican de verdes el tono gris del raso; estos arbustos, muy bien adaptados a ambientes venteados, fríos y abiertos, son cada vez más comunes al estar disminuyendo la carga ganadera.

La ruta acerca a la cabecera del barranco y a la masía de la Dehesa. En la construcción de estos edificios, tan característicos de las Tierras Altas de Teruel, se utilizaban materiales obtenidos de las plantas del entorno. Piedra, teja y madera en la obra. Las grandes vigas (puentes) eran de pino, las laterales de chopo cabecero, las puertas y ventanas, de uno y otro. Pero, sobre todo, las plantas eran empleadas en los múltiples trabajos agrícolas, ganaderos o domésticos. Desde la cría de los corderos a la labor de los campos, desde el matacerdo a la recogida del cereal.

De la masía sale una senda que desciende de nuevo al río, ahora por la margen derecha del barranco. Coincide con el sendero PR-TE-78 (Vuelta a Sollavientos). Deja a un lado bancales abandonados y cárcavas abiertas al erosionarse las margas grises. Es el dominio de unas plantas que son capaces de sobrellevar la intensa iluminación de solana y la escasa capacidad de retención hídrica de estas inclinadas laderas, de soportar el herbivorismo de la implacable oveja rasa, y de crecer sobre unos suelos que se erosionan con la mirada. Son auténticas «superheroínas».

El sendero va llegando a la orilla del Sollavientos. En el camino, con la ayuda de los paneles, habremos identificado, al menos, diez especies de arbustos.

Conoceremos las propiedades medicinales de muchas plantas, las más valiosas. Descubriremos recetas para hacer crema de ortigas, aceites aromáticos, pacharán, flan de armuelle o licor de escaramujo. Conoceremos cómo jugaban los niños con las plantas de su entorno. Además de reconocer los procesos dinámicos de recuperación de la cubierta vegetal y las estrategias que despliegan las plantas para sobrevivir en unos lugares tan hermosos y difíciles como los del Alto Alfambra. Todo ello, en poco más de una hora.

Esta ruta se puede descargar desde la siguiente página de Wikiloc.