POR EL CAMINO VIEJO DE VALDELINARES

UNA ACTIVIDAD DE DESCUBRIMIENTO DEL ENTORNO EN EL COLEGIO DE GÚDAR

Miércoles 26 de mayo. La mañana es fresca y el cielo está cubierto de nubes altas. Los trece alumnos y alumnas de Educación Infantil y Primaria del Colegio de Gúdar, acompañados de sus profesores Diego y Sara, iniciamos una excursión para recorrer una parte del camino viejo de Valdelinares. Bien preparados de gorras, almuerzo y mochila salimos del colegio hacia la plaza del Ayuntamiento.

Allí mismo se asoma un mirador sobre el valle del río Alfambra. La vista es magnífica. Los bancales forman terrazas que suben desde la carretera hasta el pueblo. A esa partida se le llama El Cabezuelo.

Sobre nuestras cabezas vuelan unas aves de plumaje negro y que tienen las alas en forma de arco. Son los vencejos.

Bandada de vencejos comunes. Foto: Wikimedia Commons

Se parecen un poco a las golondrinas, pero son más grandes y vuelan mucho más alto, más rápido y más recto. Chillan mientras se persiguen unos a otros. Son aves migratorias que llegan a Gúdar en los primeros días de mayo para criar y se marchan a mediados de agosto. Comentamos que son cazadores de pequeños insectos voladores y que pasan la mayor parte de su vida volando. Incluso por las noches.

Subimos por la calle Mayor hasta la carretera que lleva a Valdelinares. La dejamos para desviarnos hacia la derecha y tomar un camino que pasa por entre unos pajares. Es el Camino Viejo.

Un poco antes, encontramos en un ribazo muchas plantas de hojas tiernas y grandes. Son ortigas.

Con cuidado cogimos un trozo de ortiga. Vimos que tenía las hojas con el borde en forma de sierra y las pequeñas flores que empezaban a formarse. En el tallo y, sobre todo, en la hoja, había unas pequeñas agujas que son las que, cuando se clavan en la piel, introducen una sustancia que produce picor cuando la tocamos.

Sobre el tallo de la ortiga vimos unos insectos muy pequeñicos. Eran pulgones. Estaban alimentándose de la savia elaborada, es decir, el agua con las sustancias (azúcares y otras) que se fabrican durante la fotosíntesis. Los observamos, uno tras otro, a través de una lupa y empleando el tape de un frasco para que no se escaparan. Y les vimos sus seis patas … ¡como buen insecto que es el pulgón!

El camino comenzó a ascender. Era un camino estrecho que subía hacia una peña. Había uno arbusto que tenía flores blancas. Se llamaba villomera.

Comentamos que al final del verano produce unos pequeños frutos de color morado que son muy dulces y que se pueden comer. Son las villomas. Y nos propusimos acordarnos en agosto para ir a buscarlas. Sus ramas son tan elásticas y tan resistentes, que las utilizaban para fabricar escobas. Una niña comentó que sus abuelos tenían en su casa una escoba de villomera.

Nos dimos la vuelta y a nuestra espalda, bajo nosotros, vimos el pueblo. Cerca, los tejados de las casas de la calle Baja. Más allá, el frontón, la iglesia … y al fondo, la ermita de la Magdalena y los restos del castillo. ¡Qué bonito es Gúdar desde aquí!

Seguimos subiendo. Un pequeño bando de buitres leonados sobrevolaban la Peña de la Magdalena. A estas horas los rayos de sol ya habían comenzado a calentar el suelo y las rocas. Estas se calientan antes y más que el suelo cubierto por plantas. El aire que está sobre las rocas, al calentarse, aumenta su volumen y se hace más ligero. Y comienza a ascender. Los buitres lo notan y buscan esas corrientes verticales para tomar altura sin necesidad de aletear. Sin cansarse.

Pero la mayor parte de los animales que vimos eran más pequeños. Casi todos eran insectos. Como aquel escarabajo redondico y de color negro negro que cruzaba el camino.

Lo observamos a través de la lupa. Se le veían muy bien sus seis patas y sus dos antenas, por las que capta las sustancias gaseosas que manda a otros escarabajos de su especie y que igualmente recibe. El olfato es un órgano muy desarrollado y les ayuda a comunicarse entre sí.

El camino continuaba ascendiendo. Y nosotros por él.

Hacia nuestra izquierda, la ladera de la montaña tenía muchas terrazas. Como vimos en El Cabezuelo, en su mayor parte estaban sin cultivar. Son tan estrechas que los tractores y, sobre todo, las cosechadoras ya no pueden entrar. Por eso se han abandonado. En esta foto de satélite se ven muy bien lo estrechas que eran las parcelas.

Y comentamos lo mucho que debieron trabajar en el pasado para ponerlas en cultivo.

En ellas pasta el ganado pero, con los años y lentamente, el bosque va recuperando estos terrenos como se ve en esta otra foto de satélite de a misma zona.

Primero se cubre de chaparra. Un arbusto que se extiende como una alfombra y que tiene unas hojas parecidas a las del ciprés.

Un niño comentó que le gusta tumbarse sobre las chaparras pues es como una cama y que además huele muy bien. Como a resina.

Otras plantas que preparan el avance del pinar son el enebro, que en muchos pueblos de la sierra llaman inebro, …

y el agrillo

… que estaba empezando a florecer y que alguien recordó que a sus frutos se les llama cerecicas de pastor.

Las chaparras, los enebros y los jóvenes pinos van cubriendo los bancales. Y es que los paisajes cambian con el tiempo. Así lo vimos nosotros.

En el ribazo de muchos bancales había muros de piedra que servían para evitar que se perdiera el suelo del campo. Algunos otros tenían cerradas de piedra que antes servían para que el ganado o se saliera cuando pastaba o para que no entraran otros rebaños a pastar.

Unos niños que eran buenos exploradores nos comentaron que en el camino conocían un caseto de piedra. Lo encontramos. Servía para protegerse de las tormentas cuando al propietario (o a cualquier caminante) le sorprendía una tormenta.

Estaba construido con piedra seca. Es decir, colocando piedra sobre piedra sin unirlas con ningún tipo de cemento. Hacer casetos y que se hayan conservado durante tantos años sin caerse no es nada sencillo. Esta sabiduría de las gentes mayores ha sido reconocida por los especialistas y por los gobiernos. Se considera que es un patrimonio. Es decir, un saber que se ha ido trasmitiendo de padres a hijos durante mucho tiempo.

Entre las hierbas del prado encontramos otra especie de escarabajo. Era del grupo de los gorgojos, que tienen una especie de trompa junto a la boca. Y se camuflaba muy bien con el color de la tierra.

Al llegar a la parte más alta, junto al camino, empezamos a ver unos montones de piedra con forma de cono. Eran casi tan altas como un niño. En Gúdar les llaman pilones.

Como muchos de los niños ya habían recorrido con los compañeros del CRA Palmirá Plá el Camino de los Pilones que va de Allepuz a Villarroya nos explicaron que estos de Gúdar también servían de orientación a los caminantes cuando había nevadas o nieblas.

Desde allí se veía el valle de las Motorritas, donde nace el río Alfambra y hay muchas masías. Y aprovechamos para almorzar junto al pilón.

Nos acercamos a ver un pino solitario que había cerca. Era un pino royo. Y es que hay varias especies de pino. Este tiene las hojas cortas y con un color verde azulado. Y las piñas muy pequeñas. Es un pino de alta montaña y es muy común en la sierra de Gúdar.

Buscamos los piñones dentro de las piñas. Quedaban muy pocos pues casi todos se habían caído al suelo o se los habían comido los animales. No son como los que venden en las tiendas. Eran más pequeños y no tenían cáscara. Cada piñón tenían una pequeña y finísima ala que le servía para que el viento la desplazara al caer y así alejarse un poco de la planta en la que se formó. Y es que a los piñones también les gusta viajar.

Nos acercamos y nos metimos en el pinar. El ambiente era muy distinto del que había en el prado abierto en el que habíamos almorzado. Llegaba menos luz. Se estaba más fresco. Y había más humedad.

Nos sentamos en el suelo, cerramos los ojos y estuvimos en silencio un ratico para poder escuchar a las aves del bosque. Oímos dos cantos diferentes. Uno era el de un petirrojo que se acercó curioso a ver quien había entrado en su territorio de cría. Alguno de los niños lo llegó a a ver bien.

Petirrojo. Foto: Carlos Pérez Naval

Dentro del bosque encontramos diferentes especies de líquenes que crecían sobre las ramas de los pinos, sobre las piedras y sobre la tierra. Había también muchos musgos sobre el suelo. La mayor humedad del ambiente les beneficia.

Y también había varias especies de hongos. Algunos eran diferentes a las setas. Parecían como una oreja por dentro.

Procuramos no pisarlos y no los arrancamos pues cada uno tiene su función en el pinar y permiten que el bosque esté más sano.

Muy cerca vimos un pino muerto. La madera estaba deshecha en astillas blandas y suaves. Los hongos y algunos insectos transforman la madera muerta en una especie de serrín que hace más rico el suelo y al que le devuelven las sales minerales que retiene la madera (son las cenizas que quedan cuando se quema en la estufa). Así mejora la fertilidad.

Y desde allí, comenzamos la vuelta hacia Gúdar. Y seguimos viendo otras muchas especies de plantas y de pequeños animales en el monte hasta que comenzamos a ver el pueblo desde el camino.

¡Fue una mañana estupenda!

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