MONTAÑESA PRIMAVERAL EN EL POBO

UNA MARIPOSA DE LOS PÁRAMOS IBÉRICOS

Cuando se asciende desde El Pobo hacia la Sierra hay que superar una serie de lomas separadas, unas de otras, por otros tantos barrancos que descienden directos al valle del río Seco.

Varias de estas lomas tienen nombre de planta. El Bojar, por la antaño abundancia de boj (Buxus sempervirens) del Alto Alfambra. Los Erizales por el paisaje almohadillado que crea el erizo (Erinacea anthyllis). O Los Jadriales, por la enorme extensión de la ajedrea (Satureja intricata), aquí llamada jadrea, una mata rastrera de hoja verde olivácea e intenso aroma.

Estas lomas, y otras que jalonan la cara este de la sierra de El Pobo conforman un vasto territorio que se extiende desde el puerto de Cabigordo y hasta los Estrechos del río Alfambra, ya en el término de Aguilar. Son cerca de cinco mil hectáreas de terreno áspero y rocoso y de suave formas. Está cubierto por pequeñas matas y por hierbas resistentes al frío, al viento, a la sequedad y al diente de la oveja que, desde hace más de cinco siglos, lleva aprovechando esos pastos.

Es un paisaje que entusiasma a las personas que aprecian el silencio, la soledad y los horizontes libres de artefactos. Un paisaje que se aleja, eso sí, del modelo de naturaleza de las postales: ríos, bosques y relieves.

Un paisaje que hunde sus raíces en la historia. En los tiempos del medievo, cuando la economía serrana se especializó en producir lana, al consolidarse la trashumancia de los rebaños en las tierras valencianas tras el avance cristiano, que fue la base de un floreciente comercio que llegó hasta la Toscana.

Un paisaje para iniciados. Para espíritus recios y austeros. Para quien comprende la dificultad de la vida en esas montañas secas y frías. La resistencia y la tenacidad que ejemplifica el enebro.

Pero estos paisajes adustos y hermosos son también el hábitat de una comunidad biológica que está bien adaptada a las difíciles condiciones del medio y que tiene una personalidad propia.

Con fragmentos de vídeos tomados con cámara de teléfono y algunas fotografías hemos compuesto un breve audiovisual (2’01»). Iremos mejorando.

Las mañanas de abril aún son frías. La primavera se despereza lentamente en la sierra. Las pequeñas matas van fabricando sus diminutas hojas y, poco a poco, sus primeras flores pintando de color el grisáceo lienzo de la loma.

Alondras, terreras y totovías viven con intensidad sus amoríos. Con sus trinos y sus alocados vuelos llenan el silencio y la quietud del páramo de música y movimiento. Que no de color, pues predominan en su plumaje los tonos discretos, los de la tierra sobre la que harán sus nidos.

Los rayos de sol se filtran entre las nubes y entibian el suelo y después el aire. Es la señal para que se ponga en marcha una comunidad de insectos que surgen de entre las piedras y las matas.

Una minúscula sombra se mueve ligera sobre la loma. Y se posa. Cuesta localizarla entre las piedras. Es una mariposa.

Levanta el vuelo a escasa altura y poco tardar en posarse sobre el suelo. En ocasiones, despliega sus alas para solearse.

Se trata de la montañesa primaveral.

Esta mariposa vive en laderas rocosas con vegetación de escaso porte y muy dispersa de algunas cordilleras del sur de Europa, en altitudes comprendidas entre los 700 y los 1.400 metros, generalmente.

Las orugas se alimentan de algunas de las gramíneas que forman los céspedes cortos que tapizan estas lomas, especialmente de los géneros Poa (P. annua y P. pratensis) y Festuca (F. annua y F. rubra).

Esta especie fue descrita en 1824 por Hübner a partir de ejemplares de la Provenza, en el sudeste de Francia, donde fue localizada en la vertiente meridional de los Alpes. Posteriormente fue encontrada en las cordilleras de la parte nororiental de la península Ibérica, desde la cordillera Cantábrica hasta la Costero Catalana pasando por el Prepirineo, pero es en la cordillera Ibérica, donde sus poblaciones son más continuas y estables, especialmente en el centro y el oeste de la provincia de Teruel, así como en los páramos del Alto Tajo (Guadalajara) y de la Serranía de Cuenca.

Es una mariposa que tiene un área de distribución muy restringida. Es, pues, un endemismo del Mediterráneo occidental.

Estudios realizados en la Provenza apuntan que los adultos vuelan desde marzo hasta mediados de mayo, siendo una de las especies más tempraneras de su género. Durante las mañanas soleadas de abril pueden ser muy abundantes. Entonces los machos sobrevuelan activamente las laderas en busca de las hembras, posándose a descansar sobre las rocas o la tierra. Las hembras son más lentas y gustan de solearse sobre las piedras para prepararse para la puesta de los huevos. Tanto unos como otras liban de flores de plantas como la flor de primavera.

Cópula de montañesa primaveral. Foto: Demetrio Vidal

Las hembras pegan los huevos sobre las citadas gramas de las que se alimentan las orugas a lo largo del final de primavera y todo el verano, mudando conforme se desarrollan …

Oruga de Erebia epistygne. Foto: Lepidoptera and their ecology

… aprovechando los días soleados de otoño y de invierno para seguir creciendo, pues es como oruga cómo pasan la estación desfavorable.

La pupación se lleva a cabo entre finales de febrero y finales de marzo o principios de abril.

Pupa de montañesa primaveral. Fuente: Lepidoptera and their ecology.

En estas montañas francesas es una especie amenazada por la transformación de su hábitat por la urbanización, el acceso de turismo masivo y los cultivos forestales.

En la sierra de El Pobo y en otros páramos del Alto Alfambra es una de las mariposas más comunes al inicio de la primavera aunque la regresión de la ganadería extensiva será, con el tiempo, un factor que jugará en su contra.

Mientras se pueda, la montañesa primaveral de las sierra de El Pobo bien merece una visita cada mes de abril.

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