UN PASEO INVERNAL POR LA RIBERA DE JORCAS

EL GR-199, LA RUTA DEL CHOPO CABECERO DEL ALTO ALFAMBRA

La noche se arrasó y salieron todas las estrellas de los cielos invernales de Teruel. Hace seis días que cayó la nevada de la borrasca Filomena. Seis días con los montes y los campos del Alto Alfambra cubiertos por un manto de nieve. Como ocurre en estos casos, el congelador se puso en marcha. Sobre todo en el fondo del valle.

Al llegar a la Masía Caudé, entre los límites de término de Allepuz y Jorcas, el termómetro aún marca -16ºC. Ya son las diez de la mañana. Pero luce el sol y no corre el aire.

Me recibe un mastín blanco. Me recuerda -con sus ladridos- que entro en sus dominios. Y me acompaña un buen rato con su ladrido rutinario. Largos chupones cuelgan del tejado de la masada. Impresiona la robustez de los muros, la belleza de su fábrica.

El camino acerca al río que ya se adivina por la frondosa ribera.

Algunas vizcoderas salpican el margen del bancal. Las ramas y los frutos del espino están completamente cubiertos por cristales laminares de hielo. Es el dorondón o cencellada.

Este meteoro se produce al solidificar las gotas de la niebla formando escamas o agujas de hielo con temperaturas del aire inferiores a 0 ºC. En nuestro caso se aprecia que la mayor parte de los cristales han crecido hacia la izquierda (el sentido contrario al río) lo que permita deducir que la dirección dominante del viento era del Oeste.

Y, al poco, se llega al río Alfambra.

La nieve se extiende hasta la orilla dibujando sinuosas siluetas. Las bajas temperaturas de las pasadas noches han ido congelando también la superficie del río en aquellas zonas en las que la corriente se frena.

Se ha congelado igualmente la lámina de agua que cubría las gravas inundadas desde el último episodio de aguas altas. Sobre la placa, incluso, nuclean nuevos y afilados cristales formados por el dorondón nocturno.

Son esculturas efímeras pues se tal vez se desvanezcan dentro de unas horas con el calor del mediodía. Son, también, nuevas manifestaciones de la belleza que ofrece la naturaleza en el rigor del invierno.

Allí nos incorporaremos al GR-199, la Ruta de los Chopos Cabeceros del Alfambra, que viene de recorrer las vegas de Allepuz y Gúdar, tras su paso por los estrechos de los Caños y su inicio en la val de Motorritas.

Aguas abajo de un vado creado por los tractores, se levanta un puente construido con vigas de chopo cabecero y con tablas. Es un paso muy útil para los caminantes y más en estas fechas.

Pero no es nuestro caso pues no lo llegaremos a cruzar pues no lleva nuestra dirección. En cambio, el sendero marcado nos invita a seguir la corriente del río, siempre por su margen derecha, para internarnos en una dehesa fluvial de chopos cabeceros.

El río Alfambra es un río-rambla. Un río que sufre acusadas oscilaciones estacionales e interanuales en el caudal. Régimen mediterráneo puro. Un río que de forma recurrente presenta crecidas que provocan inundaciones, incluso en su cabecera.

La necesidad de tierra de cultivo en estas tierras altas obligó al ser humano a transformar la llanura de inundación y a defender a los campos cercanos al río de la dinámica fluvial. Una estrategia seguida muy usada fue construir una «empalizada» formada por miles y miles de chopos y sargas plantados en sus márgenes. Pero, en aquellas zonas en donde las inundaciones eran recurrentes, los labradores las dedicaban a pastos -de gran calidad por la humedad edáfica- plantando en ellos también árboles para obtener igualmente madera, un recurso escaso en un territorio profundamente deforestado por la presión ganadera.

Unos y otros árboles, siendo jóvenes, recibieron una poda de formación despuntándose la guía y fomentando el desarrollo de ramas laterales sobre el extremo del tronco. El corte se hacía a una altura que resultase inaccesible del diente de las vacas, cabras u ovejas que pacían en esos prados. Los árboles se hacían trasmochos. A los quince años, las ramas («vigas») eran cortadas para aprovechar la madera. Y en el extremo del tronco, cerca de la zona de corte, nacían nuevos brotes que estaban a salvo de las reses que pastaban en su entorno. El árbol rejuvenecía el ramaje y volvía a formar nuevas vigas. Y a los quince años, se repetía el ciclo.

Este es el origen del paisaje del chopo cabecero. Un paisaje con un origen agrosilvopastoril. El resultado de un aprovechamiento sostenible de los recursos naturales en unos siglos en los que la economía de la lana era el motor de la sociedad. Es, por tanto, un paisaje cultural y un paisaje histórico.

El sendero atraviesa una dehesa fluvial por donde ha pasado un rebaño de ovejas. Este paisaje histórico aún es funcional en la Masía de Caudé.

En el entorno de Masía Caudé son comunes los chopos cabeceros que han sido podados en los últimos diez años. El aprovechamiento de sus ramas, seguramente para hacer leña, aún está vivo a pesar de la despoblación, a pesar de tantos cambios. El desmoche de los chopos cabeceros es la garantía de su futuro. Y el de la conservación del paisaje.

Llama la atención la destreza del leñador en la reciente poda que hizo de unos viejos chopos que se inclinan sobre el río.

Por una senda desaparecen las huellas del ganado y a nuestro paso queda el manto de nieve casi inmaculado. Casi, pues menudean las pisadas de los animales que aprovechan este paso para moverse por la riera.

Zorros, jabalíes, corzos … se mueven sobre la nieve durante la noche. Buscan alimento para sobrellevar la pérdida de reservas que supone una caída de temperaturas como la que están viviendo durante las largas noches a la intemperie. Se mueven por la noche … o por el día, pues a unos cientos de metros, entre unos espinos, se oye el reconocible gruñido de un jabalí.

Al otro lado del bancal, hacia la acequia, un monumental chopo cabecero que mantiene casi una veintena de vigas cobija a un ruinoso caseto, casi oculto entre la maraña de los espinos.

El sendero se estrecha pasa junto a unos robustos chopos …

… y nos acerca a la orilla del río que mantiene un caudal modesto y unas aguas claras, fiel indicio de que aún no ha empezado a regalar en cabecera.

En la margen izquierda, sobre la ladera, se levanta la Masía Badenas, otro edificio rotundo, admirable.

En su entorno, el paisaje invernal no puede ser más hermoso …

Seguimos las marcas del sendero. Siempre por la margen derecha.

Caemos cuenta de que en estos días se celebra el Día Mundial de la Nieve. El tercer domingo de enero fue proclamado por la Federación Internacional de Esquí con el objetivo de promocionar los deportes blancos y el disfrute de la naturaleza. Se celebra en todas las estaciones de esquí del mundo, con actividades que invitan a estar en contacto con el blanco elemento, pero también en cualquier otro paraje cubierto por la nieve. Y, este año tan especial, también puede celebrarse paseando en un paraje tan hermoso como es la ribera del Alfambra a su paso por la vega de Jorcas.

Entre los campos, en ocasiones, quedan algunos robustos árboles, fieles testigos del trabajo de generaciones de labradores.

Nuestro paseo está llegando a su fin.

El río abre amplias curvas. Entre la nieve y el hielo el río muestra sus cantos y sus gravas, el hábitat de multitud de organismos ocultos que suelen pasar desapercibidos a nuestra mirada, y que incluye desde las algas unicelulares y filamentosas a las larvas de efímeras y otros invertebrados acuáticos.

Y así, sin dejar el sendero nos presentamos en el Molino de Jorcas, un elemento más del rico y singular patrimonio hidráulico del Alto Alfambra.

Es el final de este breve tramo del GR-199 que si ya resulta precioso para ser recorrido durante la primavera y el otoño, no lo es menos en estos días de invierno. ¡A disfrutarlo!

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