LA RUTA DE LOS CINCO ALTOS

POR EL SENDERO PR-TE 147

La divisoria de aguas entre las cuencas del Alfambra y del Mijares la forma una línea que une cuatro montes situados en los términos municipales de Monteagudo del Castillo, Allepuz y Gúdar. Todos ellos alcanzan altitudes superiores a los 1.600 m. por lo que ofrecen magníficas panorámicas de este sector de la cordillera Ibérica.

El PR-TE 147 une estas cuatro cimas y una más -ya en plena cuenca del Mijares- en un itinerario circular de 19,78 km de distancia. Por eso recibe el nombre de la Ruta de los Cinco Altos.

El perfil es suave pues la altitud máxima es de 1.664 m mientras que la mínima lo es ya de 1.420 m. Los desniveles acumulados positivo y negativo son, respectivamente, de 536 m y de 553 m, escasos para el total de su longitud. Es una ruta que no ofrece dificultad pero que, por su distancia, es exigente. En wikiloc puede encontrarse más información sobre esta excursión en este enlace.

La cima situada entre los km 5 y 6 es el Cerro de los Siete Lugares, mientras que la comprendida entre los km 9 y 10 es la Peña Cerrisclo (no Cerrisello).

A lo largo del sendero predominan los prados y, en menor medida, los pinares de montaña mediterránea, aunque también hay se encuentran algunos roquedos. Es un paisaje ganadero aún vivo.

Se recomienda realizarlo en primavera, pues las praderas y los bosques se encuentran en su esplendor. En verano se acusa la falta de sombra durante largos tramos, por lo que se aconseja madrugar para realizar el paseo, además de protección solar. Hay algunas fuentes a lo largo del itinerario, si bien varias de ellas pueden no ofrecer agua durante periodos de sequía, por lo que se aconseja llevarla. En el invierno, por aquí largo, el paisaje es menos vital. Con nieve, es todo un aliciente.

El PR -TE 147 comienza en Monteagudo del Castillo. En la carretera, cerca de la marquesina del autobús hay un panel informativo.

En la otra parte de la carretera, junto a una granja de ovejas, sale un camino asfaltado descendente. Termina en un desvío. Algo antes se levanta una gran losa que informa de la próxima instalación de una monumental veleta sobre la cima del Cerro de la Fuente del Lugar.

Hemos llegado al Bosque del Pairón, una pequeña arboleda formada por chopos, sauces, olmos y otras especies arbóreas que ha sido creada por la Agrupación el Pairón de Monteagudo, una entidad que dinamiza culturalmente el pueblo mediante la organización de numerosas actividades a lo largo del año, y que está dotando de nuevos elementos patrimoniales a su entorno, como ya se ha ido comentando en otros artículos.

En realidad, el Bosque del Pairón forma parte de un área recreativa. Al igual que los bancos y las mesas, el edificio de los fogones, un par de ruedas de carro ornamentales y unos paneles de información turística, como un mapa antiguo del término municipal con sus topónimos o el que recoge la ubicación de las más de cien fuentes o manantiales.

Una de ellas, tal vez la más popular, es la Fuente del Lugar. Tiene dos caños cobijados bajo un arco de medio punto que sostiene un tejadillo a dos aguas coronado en tres pináculos. Es una obra de mampostería que está protegida por un soportal de mampostería y techumbre de madera con teja cerámica. El agua de la fuente se extiende por un largo bacio, cuya pila y muro fueron construidos con piedra sillar. Finalmente, se recoge en un lavadero, también cubierto, conocido como Lavadero de la Mañana. Está junto al merendero.

Algunos grandes olmos muertos por la grafiosis han sido llevados al recreativo y funcionan a modo de asientos, además de ofrecer hábitat a los organismos que se alimentan de la madera muerta durante su larga descomposición.

Frente al Bosque del Pairón prospera una frondosa y densa cirujera, que ha colonizado unos pequeños huertos abandonados hace décadas. Este bosquecillo espontáneo funciona como lugar de cría y refugio para mirlos, petirrojos, currucas y ruiseñores. En primavera, por la mañana, sus cantos son toda una polifonía.

El camino sigue hasta alcanzar un desvío.

En este artículo se propone tomar el camino de la izquierda para poder alcanzar cuatro de los altos antes de la mitad de la excursión. Será la ruta que se describa en adelante. En ella, se volverá al pueblo por el camino de nuestra derecha. Pero también puede realizarse en el sentido inverso, pues el PR-TE 147 sigue un itinerario circular a partir de este punto.

Las rocas que afloran en este tramo son unas arcillas arenosas grises, verdosas o granates, que se acompañan de areniscas y de calizas. Proceden de sedimentos depositados en ambientes de deltaicos o en lagunas litorales al final del Jurásico (Portlandiense).

El camino remonta el barranco de la Tejería. La ladera en solana muestra unas terrazas, antaño cultivadas y hoy aprovechadas como pastos, cerradas con muro de piedra seca. La erosión es muy intensa en esta ladera a pesar de la protección que ejercen aliagas, tomillos, enebros, agrillos y otras matas espinosas, como Astragalus granatense, planta endémica de la península Ibérica y del norte de Marruecos, que prospera bien sobre estas arcillas bajo clima continental y que es conocida en la zona como erizo.

En la otra ladera, en umbría, los bancales también fueron abandonados, pero la menor insolación permite que se conserve mejor la humedad en el suelo, lo que favorece el desarrollo de plantas más exigentes y la recuperación lenta del bosque.

La pista se va acercando al fondo del barranco de la Tejería, poblado por chopos cabeceros, álamos canos y un denso sotobosque formado por diversos espinos. Al poco, se alcanza la fuente de la Canaleta.

Es un manantial, antaño recogido en una balsa, que se origina por la presencia de estratos calizas (permeables) descansando sobre otros de margas (impermeables) en la loma del Pilar y por la presencia de una falla normal que rompe los estratos calcáreos y concentra y trasmite localmente el agua que retienen.

Se abandona la pista y se toma una senda que asciende por la ladera que se eleva tras la fuente. Tiene una pared de piedra seca sobre el fondo del barranco y remonta por estrechos bancales, aquí conocidos como garretos, poblados de pasto y salpicados de espinos.

En la margen derecha del barranco hay varios bancales cultivados, algunos con líneas de almendros en el ribazo, árbol poco propio de estas sierras.

La senda cruza una pista donde una señal indicadora nos dirige entre bancales cultivados, prados y una plantación de pino royo hacia el próximo objetivo: el cerro de San Cristóbal.

Estas parcelas albergan setos arbustivos formados por vizcoderas, villomeras, agrillos y enebros. Atenúan la escorrentía, reducen la erosión, aportan humedad y ofrecen hábitat a la vida silvestre.

En primavera y verano estos prados albergan a una interesante comunidad de mariposas que son motivo de estudio en localidades próximas y de una alguna actividad divulgativa.

Doncella mayor (Melitaea phoebe) sobre cardo setero

Hacia nuestra izquierda se abre el barranco de San Cristóbal que recoge aguas hacia el río Seco (afluente del Alfambra).

Hacia el nordeste se dibuja majestuosa la silueta del Cerro de San Cristóbal y algo más al este, más modesta, la de la Peña de las Diez.

A sus pies, numerosos garretos son aprovechados como prados tras su abandono por unos rebaños de ovejas que dibujan sus recorridos sobre la ladera …

El sendero sigue por la orilla del pinar y alcanza un peñasco calizo, por el que hay que crestear durante un buen tramo. Los prados se hacen más escasos conforme nos vamos acercando a la Peña de las Diez, así conocida en Monteagudo por ponerse sobre ella, a esa hora, el disco solar en los meses de verano.

Cópula de asílidos sobre una escabiosa

A nuestra derecha se dispone de una magnífica panorámica de la Salobreja, uno de los parajes naturales más hermosos y espectaculares del término de Monteagudo del Castillo. Un paraje que observaremos desde diferentes puntos a lo largo de la excursión.

El sendero asciende por la margen derecha de un pequeño barranco abierto en calizas del Jurásico Inferior (Lías) y que está tapizada de espliego y jadrea.

Las crestas están salpicadas de villomeras, de ramas tenaces ante los vientos, que se llenan en mayo de grandes flores blancas de delicado aroma.

Y, siempre cerca de la cresta, asciende la senda que acerca a la cima. El cerro de San Cristóbal tiene muchas lecturas.

Una de ellos es la geográfica. La panorámica del valle del río Seco y de la sierra de El Pobo es magnífica. Hacia el sur, la sierra de Javalambre se ofrece con un manto de nieve durante los meses de invierno. Y hasta seis localidades del entorno (Monteagudo del Castillo, El Pobo, Cedrillas, Ababuj y Gúdar) se pueden reconocer.

Otra lectura es la histórica y su expresión material, como restos arqueológicos. Sobre una cresta caliza, arriba de la Peña de las Diez, se hallaron los restos de un poblado ibérico donde se conservaban restos de muros y una posible cisterna, además de dos molinos de piedra, varios fragmentos cerámicos elaborados a torno y con decoración geométrica, que parecen corresponder a cultura ibérica.

Hasta avanzada la segunda mitad del siglo XIX se levantaba una ermita dedicada a San Cristóbal. En el entorno de la cima pueden encontrarse abundantes restos de teja que parecen corresponder a este edificio que tal vez no superó la última guerra carlista.

La cima está rodeada de posiciones defensivas construidas por el ejército republicano durante la Ofensiva de Levante para hacer frente al Cuerpo de Ejército de Castilla del ejército sublevado. Aún estando casi colmatadas se aprecian bien trincheras, con su trazado zigzagueante, y los puestos de ametralladoras en las posiciones más expuestas.

Antes de producirse el avance de la infantería para tomar estas cotas, se producía un intenso fuego artillero y, sobre todo, el bombardeo por la aviación, generalmente italiana, para doblegar a las defensas.

Ilustración de la revista dominical del Corriere della sera de Milán publicada el 10 de abril de 1938 en la que representa la acción de la primera fase en la ofensiva de Aragón: la ruptura del frente mediante el bombardeo y el ametrallamiento de las defensas republicanas por la aviación italiana en vuelos bajos. Ilustración extraída del libro «La batalla por Valencia, una victoria defensiva» de E. Galdón.

La resistencia republicana fue tenaz, lo que coincidía con los objetivos del gobierno republicano tras el descalabro que supuso el fulgurante avance franquista, tras la caída de la ciudad de Teruel, que le permitió llegar en pocos días desde el Jiloca hasta Vinaroz.

En las laderas del cerro son evidentes y muy numerosos los socavones provocados por las bombas. En ocasiones, se observan varios socavones alineados, producidos por varios obuses lanzados simultáneamente desde un mismo avión.

Y también tiene una lectura biogeográfica. En la ladera norte del cerro puede verse una de las tres poblaciones conocidas de Oxytropis jabalambrensis, planta endémica y amenazada que tiene su origen y su mayor población mundial en la sierra de Javalambre. Se trata de una pequeña mata de la familia de las Fabáceas (Leguminosas) propia de pastizales y tomillares rastreros en zonas venteadas y de suave relieve propios de la chaparra (Juniperus sabina). Su presencia en el cerro de San Cristóbal de Monteagudo del Castillo es una incógnita para los especialistas, pues se trata de un endemismo exclusivo del macizo de Javalambre.

Entre dos matas de tomillo crece una de Oxytropis jabalambrensis en plena floración y fructificación

El valor botánico de estas montañas también fue motivo de otra actividad divulgativa que se realizó hace un par de años de la mano con las asociaciones culturales de Monteagudo del Castillo.

Y, el Cerro de San Cristóbal, también tiene lecturas geológicas o geomorfológicas. En este sector afloran unos materiales carbonatados como son las dolomías, las calizas y los conglomerados dolomíticos depositados durante el Jurásico Inferior (Lías).

Son rocas de una gran dureza, en relación con las arcillas y areniscas del Jurásico Superior (Portlandiense) que nos acompañaron desde el pueblo (y que se extienden hacia el valle del río Seco), y comparadas con las arcillas y yesos triásicas (Keuper) a las que recubren y que se extienden por la llanura de la Salobreja. De unos y otros materiales queda separado por fallas. La resistencia de las dolomías es la responsable del vigoroso relieve del cerro de San Cristóbal.

La ruta desciende hacia el este a través de los prados, siguiendo los postes…

… y se acerca a la divisoria de aguas entre el barranco Hondo, afluente del río Seco y, por tanto, cuenca del Alfambra, y el barranco del Horcajo, afluente del barranco del Monte y de la Hoz, cuenca del Mijares.

Bajo las dolomías del inicio del Jurásico, afloran unas arcillas con yesos del final del Triásico (Keuper) que se extienden por el paraje de la Salobreja. Y, entre ellas, se encuentran pequeños cristales de jacinto de Compostela, variedad de cuarzo rojo (a veces incoloro) que se formó en el mismo ambiente sedimentario.

Sobre estas lomas rocosas prospera un matorral abierto: el jadrial. Una de las plantas dominantes es la ajedrea (Satureja intricata), aquí conocida como jadrea. Es una planta de hoja muy aromática y de flor productora de abundante néctar. Su floración estival y su carácter melífero favorece su aprovechamiento por colmeneros trashumantes que terminan la temporada en estas montañas.

La senda sale a un camino que sigue en paralelo a la cabecera del barranco Hondo. La ruta llega a un desvío bien señalizado.

Se toma la pista que sale a mano derecha y que se interna en un pinar de repoblación creado entre los ’50 y los ’60 del siglo pasado con fines de corrección hidrológica, protección de suelo y creación de empleo rural.

Es un pinar compuesto fundamentalmente por pino royo (Pinus sylvestris) …

y, en menor medida, por pino gargallo o negral (Pinus nigra), más propenso a la procesionaria.

La pista sale del pinar y asciende por una loma rocosa cubierta por jadrial y salpicada de enebros, gayuberas y pinos. Las matas muertas de ajedrea son auténticas obras de arte.

Estos ambientes abiertos son el hábitat de diversas especies de arañas …

El camino llega a un nuevo desvío. Hacia la izquierda se encuentra el Cerro de los Siete Lugares. Un paraje muy especial. Uno de los mejores miradores del Alto Alfambra. Y un lugar de interés histórico por la abundancia de vestigios de la Guerra Civil. Merece la pena desviarse.

El PR-TE 147 se dirige hacia el sur, hacia la Muela de Gúdar. Coincide desde el Cerro de los Siete Lugares con una variante del PR-TE 33 que viene desde Gúdar. El camino se asoma, de nuevo, al barranco del Horcajo y a los prados de la Salobreja. La vista es, igualmente, magnífica.

La pista desciende y, al alejarse, muestra la solana del Cerro de los Siete Lugares, de silueta poco notable por su aspecto masivo.

Hacia el este, sugerente, se abre el barranco de las Umbrías

… que se remonta hacia el puerto de Valdelinares y la Val de Sollavientos …

Es la confluencia de la sierra de Gúdar, el Maestrazgo y el Alto Alfambra.

El sendero sigue la divisoria entre las dos cuencas hidrográficas. Hacia nuestra izquierda, se abren una serie de barrancos, unos descienden hacia el valle del río Seco, otros directamente hacia el valle del Alfambra.

De frente, igualmente masiva, la Muela de Gúdar.

La pista, recién repasada y ampliada, remonta para rodear a este monte por el este. La Muela mantiene todavía algunos rebaños de ovejas.

Al estar lejos del río y no haber fuentes, se han preparado balsas que recogen el agua de las escorrentías, lo que también ayuda a la fauna silvestre.

Tras una de estas balsas, una señal indica el acceso a la Muela a través de un sendero que asciende entre un joven pinar y un pequeño canchal.

Tras los cerros de San Cristóbal y de los Siete Lugares, ya hemos llegado al tercer alto. El de mayor altitud, por cierto, con sus 1.664 m. La cima es plana y amplia. Y las panorámicas muy dilatadas. Como la de la sierra del Pobo …

O la del pueblo de Gúdar, arrimado al cinglo de la Malena …

Y, hacia el sudeste, como un gigante, el monte Peñarroya …

La pista sigue hacia el sur. En un primer desvío hay que tomar el camino a mano derecha. En el segundo, en cambio, el de la izquierda, que nos acerca a la Peña Cerrisclo (1.633 m) entre prados y pinares abiertos.

Con la Muela de Gúdar y el Cerro de los Siete Lugares, estos tres montes forman las cimas de la sierra de las Molatillas, una derivación sur-norte de la sierra de Gúdar.

Un pequeño escarpe recuerda su aprovechamiento como cantera.

Y encontraremos nuevas evidencias del paso de la Guerra Civil por esta sierra …

La cima es también un espléndido mirador de la sierra de las Molatillas …

… y del Peñarroya, cuya majestuosidad atrae poderosamente la mirada, una y otra vez.

Ya hemos hecho cima en el cuarto alto. Pero aún no hemos llegado a la mitad de la ruta.

Desde la cima hay que volver al sendero y seguirlo hacia el sur entre prados y pinares …

… y cruzar la portera de unos prados cercados con hilo. El camino se va desdibujando en unos prados alargados entre bosquetes de pino royo. No hay pierde, pues la señalización es eficaz.

El peñasco que forma el Cerrisclo, como casi todas las rocas de su entorno, son calizas masivas del Jurásico Medio-Superior (Dogger-Malm). Estas calizas, tras meteorizarse, liberan las partículas arcillosas que retenían, que quedan formando parte del suelo. Son las arcillas de decalcificación propias de las regiones calizas y del modelado kárstico.

Cuando el bosque se aclara, prospera un prado formado con especies resistentes a la acusada continentalidad del clima, pero capaces de aprovechar el agua retenida en estas arcillas.

Una de las especies más características es la flor de primavera (Potentilla cinerea). Otra es el alamio (Carex humilis), ciperácea con crecimiento anular …

Alamio

A finales de primavera, es un bullir de gitanillas …

Gitanilla (Zygaena rhadamanthus) sobre escabiosa

La ruta cruza un pinar joven y se sale a una pista. Se toma ésta a mano izquierda y se atraviesa un claro en el que destacan chaparras notables, dentro de las que ha crecido algún que otro pino. Al poco, aparece un nuevo desvío y hay que tomar el camino de la derecha. Hacia Majada Redonda, nuestro nuevo destino.

El camino atraviesa un pinar que se desarrolló tras el abandono de pequeños bancales. Aún se aprecian los muros de piedra. Son pinos de unos sesenta años. Por ello hace tiempo que los líquenes cubren sus troncos y ramas.

El llano se acaba y comienza un suave descenso.

El camino sigue el curso del barranco del Portero atravesando bancales cultivados de cereales forrajeros …

… y entra en el cercado de la masía del Portero.

La pradera ocupa el fondo del valle. El frondoso bosque de pino royo, con ejemplares notables, asciende por las laderas. Es un paraje de una gran belleza.

Hacia la derecha hay una dehesa de hermosos pinos con comederos para el rebaño de vacas limusinas y charolesas que pacen estos prados …

mientras crían a sus mecos …

La pista llega a un cruce. Hay que seguir de frente, dirección a la masía, pero al poco seguir las balizas y pasar entre unos bancales hacia una senda que pasa por la orilla de uno de ellos y que lleva al inicio de un camino.

Frente a la masía del Portero, entre unos prados y unos bancales cultivados, hay una fuente y un bacio para el ganado. Es una masía de notables dimensiones y que presenta un buen estado de conservación.

En este paraje se ha instalado una estación meteorológica que está arrojando en invierno unas temperaturas mínimas extremas en el contexto del sur de la cordillera Ibérica. Los datos en tiempo real pueden consultarse pulsando en este enlace.

Tan pronto se toma el camino, a mano derecha se levanta un pino gargallo monumental en la base de la ladera. Cuesta un poco encontrarlo pues los pinos royos de su alrededor lo ocultan.

Es fenomenal que este árbol centenario haya podido llegar a nuestros días.

El ascenso por la ladera es decidido, pero breve, y se va atenuando conforme se sale del bosque, donde gira hacia la derecha. Allí, al volver la vista hacia el este, de nuevo, nos admiramos de la mole masiva que es el monte Peñarroya. Otra vez más.

Hacia nuestra derecha desciende una ladera en umbría. Alberga uno de los pinares más frondosos y maduros que pueden encontrarse en el Parque Cultural del Chopo Cabecero del Alto Alfambra. Es un pinar cuya ladera está orientada hacia el valle de El Saladar. En su parte alta hay numerosos pinos de notables dimensiones, que dan la impresión de haberse conservado para ofrecer sombra al ganado que pacía en estos altos. Muchos de ellos, al estar tan expuestos, muestran ramajes tortuosos o troncos inclinados por el efecto del viento…

y cicatrices en su tronco por la caída de rayos

Es sorprendente cómo eligen los pájaros carpinteros a estos árboles dañados para hacer los agujeros donde hacer nido. Aprovechan la madera muerta alterada por los hongos y los insectos saproxílicos.

El camino asciende suavemente …

y el caminante deja a su espalda los pinares que se extienden por el término de Alcalá de la Selva …

… para alcanzar el quinto alto: Majada Redonda (1.628 m).

Este monte, casi una loma, recibe el nombre por la existencia en su falda de una pequeña depresión de forma circular. Se trata realmente de una dolina colmatada.

Es un paisaje ganadero. Cerca de la cima se reparte una colección de grandes bloques con la cara plana hacia arriba. Eran saleros. Los lugares donde el pastor dejaba un puñado de sal para que la lamieran las ovejas y cubrieran el déficit de sodio que es propia de una dieta herbívora. Incluso en el entorno de El Saladar.

Además de la señal indicadora, Amigos del Pairón de Monteagudo ha instalado una rosa de los vientos con los nombres locales (y con algún préstamo) de los diferentes vientos según la dirección de la que proceden. Naturaleza y cultura, de nuevo, de la mano.

Majada Redonda es la cima de las Lomas de Valdespino, un extenso y alargado monte en el que, de nuevo, afloran las calizas y las dolomías jurásicas. Su exposición al viento y su dedicación al pastoreo han favorecido el desarrollo de unos prados salpicados de jóvenes pinos royos.

Lo pedregoso del terreno favorece a las plantas rupícolas. La presencia del ganado hace lo propio con las nitrófilas. Mientras que la protección y el suelo creado por las chaparras permite el desarrollo de otras más delicadas. Es un pequeño y complejo sistema.

Mientras tanto, los hongos, a lo suyo. A descomponer materia orgánica de los restos vegetales.

Y, los insectos nectaríferos, otro tanto …

En primavera, en ocasiones, las nubes se disponen formando trenes de olas que se extienden por el horizonte. Los meteorólogos les llaman undulatus asperatus.

Cuando se acerca el verano, en cambio, hacia el Maestrazgo se forman cumulonimbos, que crecen hasta hacerse enormes…

Entre las plantas leñosas nos vamos a encontrar a la triada propia de estas montañas calizas del piso oromediterráneo: el pino royo, la chaparra y el enebro común.

Pero también hay algunos endrinos, agrillos y galabarderas …

… que dan fe del nombre de esta loma: la de Valdespino.

Tras casi tres kilómetros de andar la loma el camino comienza su descenso. El pueblo ya está cerca. Pero la excursión todavía nos guarda algunas sorpresas. Y ninguna de ellas es un alto.

El camino desciende bruscamente por el pinar. Y cambia la naturaleza del terreno. Hemos dejado las calizas y ya asoman unas arcillas violáceas en los taludes de la pista. Y bajo los prados.

Son rocas que tienen un interesantísimo origen en unos mares cerrados y en unas lagunas litorales que se extendieron en los márgenes del mar de Tethys durante el final del Triásico, en unas condiciones similares a las que se dan en algunas zonas costeras del actual Golfo Pérsico.

La aridez del clima favoreció la precipitación de las sales (sulfatos, cloruros, etc.) disueltas en el agua de estos mares cerrados o mal comunicados. El depósito de estas arcillas, transportadas por el viento o por eventuales crecidas fluviales, cubrió las citadas sales. La salinidad de estos suelos explica el topónimo de este paraje: la Salobreja. Y el del valle contiguo: El Saladar. Y también justifica la salinidad de alguna de sus fuentes. Y la explotación y el horno de aljez del barranco de la Aljecera.

El valle de la Salobreja es, en realidad, el núcleo de un anticlinal, un tipo de pliegue, en este caso de dimensiones kilométricas. Las rocas más antiguas serían las arcillas con yesos que se depositaron al final del Triásico (Keuper) y las dolomías del Triásico Medio que afloran entre los barrancos del Salador y del Agrillar. Un gran avance de la línea de costa permitió que, mucho más adelante, al inicio del Jurásico (Lías) se depositaran en un ambiente marino de aguas abiertas el carbonato cálcico que forma las dolomías y las calizas jurásicas que recubrieron a los yesos. Cuando, a lo largo del Terciario, se levantó la cordillera Ibérica (orogenia Alpina), la plasticidad de las arcillas con yesos favoreció la elevación y el plegamiento de los estratos. Tiempo después, la implacable acción erosiva sobre estos jóvenes relieves acabó desmantelando las duras rocas carbonatadas jurásicas, quedando a la intemperie las blandas arcillas con sales. La Salobreja es, pues, un anticlinal desventrado.

En rosa, las arcillas con yesos del final del Triásico, y en gris, las dolomías del Triásico Medio, todavía más antiguas, son el núcleo del anticlinal. A sus lados, dolomías y calizas del Jurásico forman sus flancos que, en su origen, cubrirían a las primeras rocas.

Las vacas no saben nada de estas historias …

… pero sí de la calidad de sus pastos.

Entre la planicie de la Salobreja y la salida del valle del Saladar, algo elevado sobre el barranco del Monte, se encuentra la ermita de San Juan. Es un pequeño edificio construido con mampostería y cantería esquinera y en el vano de la puerta, y con cubierta con teja cerámica a dos aguas.

Debió de ser construida en el siglo XVII o principios del XVIII y pertenecía, como la masada próxima y la finca de la Salobreja, a los Alaestante, familia vinculada a Monteagudo desde al menos el siglo XIV y que, por servicio de armas, formaría parte de la pequeña nobleza. La ermita recibía romerías hasta la década de 1930 y se conservó al paso de la Guerra Civil. En 1941, la propiedad fue adquirida por el municipio, derruyéndose la masada y conservándose la ermita, que fue perdiendo su carácter religioso para ofrecer refugio pastores primero y después a ganados.

En primer plano, las ruinas de la masada y, al fondo, la ermita de San Juan

Tras la adquisición de la finca por el Ayuntamiento, se utilizaba durante todo el año como pasto para la dula de las vacas del pueblo. Sistema de organización ganadero en el que un pastor (dulero) se hacía cargo de apacentar las vacas de todos los vecinos a cambio de un salario.

La pista termina en otra que surca el fondo del valle. Estamos en la partida conocida como Cerrada Baja. Al otro lado de la pista, aparece una balsa de obra (vacía) y varios gamellones metálicos alineados. Es la fuente de la Salobreja.

Esta fuente recoge el agua de un manantial que nace en el prado, a unos 260 m de distancia, en dirección a la antigua masada. Son aguas muy salobres, pues tienen una elevada concentración de sulfato de calcio y de magnesio. Esto es así por lo prolongado que es el recorrido del agua en contacto con las arcillas yesosas. Lo dice el topónimo: la Salobreja.

Frente a la fuente, en la otra orilla del camino, hay una balsa que recoge las aguas del barranco del Monte, recién formado por la confluencia del barranco del Horcajo y del que viene del barranco Saladar. Es una balsa sobreexcavada, que se continúa por un drenaje que desagua la elevada humedad de los prados.

La ruta se desvía a la izquierda. Estos prados mantienen una elevada población de insectos, sobre todo saltamontes, libélulas, moscas y otros grupos. En la temporada de cría son comunes aves como las tarabillas comunes, las lavanderas boyeras, los alcaudones dorsirrojos y, especialmente, las collalbas grises.

Macho de collalba gris

Al final del verano se agosta la hierba, llegan los primeros fríos y los insectos terminan su ciclo o se refugian. Estas aves migran entonces hacia sus territorios de invernada situados al sur del desierto del Sahara.

La pista traza una curva. A la derecha, sobre unos garretos abandonados y ahora prados, se levanta un cubierto ganadero. A la izquierda, algo más adelante y junto al camino, lo hace un pequeño corral.

Nunca nos cansaremos de explicar el valor ambiental de los setos arbustivos de los prados y los campos de estas montañas. Son hábitat para la vida silvestre, freno para el viento, aporte de materia orgánica y alimento para el ganado.

La pista sigue avanzando hacia una nueva curva. La panorámica de los prados es espléndida, tanto en verano …

como en invierno …

Una señal indicadora nos advierte que hay que dejar la pista y tomar una senda que desciende hacia unos chopos cabeceros, unos recién podados, otros aún con sus pesadas ramas …

La senda va remontando entre tomillos, enebros, aliagas y pequeños pinos hacia un collado rocoso. Estamos entre tres pequeños montes. Esta partida se conoce como Los Cerros. El sendero, picado en piedra, era el antiguo camino entre el pueblo y el valle de La Salobreja.

Este estrecho paraje debió de ser un lugar al que los neandertales conducían a las manadas de caballos y de bóvidos para cazarlos a juzgar por la profusión tanto de restos óseos encontrados como de herramientas líticas.

Es el yacimiento de Las Callejuelas y corresponde al Musteriense (125.000-40.000 años). Sorprende a los arqueólogos la notable altitud de esta comunidad de neandertales de montaña.

La senda desciende hasta cruzar el barranco de las Tejerías donde prospera una pequeña arboleda de chopos cabeceros …

… y de álamos canos, fáciles de reconocer por el tono blanquecino de sus cortezas y por el tono rojizo que adquieren sus hojas al principio del otoño. Uno de estos álamos tiene el tronco tronzado. Es un buen ejemplo de trasmocho de origen natural.

La senda asciende por un paso de ganado en el que el pisoteo, el sobrepastoreo y la erosión dejan a la intemperie los inclinados estratos de calizas y de margas. La alternancia de estos materiales y su diferente comportamiento en cuanto a la circulación del agua subterránea permite la existencia de pequeños manantiales. Uno de ellos fue conducido y recogido en una fuente. La fuente del Cubico.

Queda muy poco para terminar la ruta. El camino pasa entre dos cerros, dejando bancales cultivados a mano izquierda y otros abandonados y aprovechados como pastos a la derecha. La fuente del lugar, con su lavadero y su recreativo, ya asoman. En poco se alcanza el desvío inicial. Se ha cerrado el ciclo. Tan solo queda alcanzar el Bosque del Pairón y remontar hasta la carretera.

Los Cinco Altos es …. ¡una gran ruta!